Guantes somnolientos

by Hugo Moreno Huízar

Ya ni te acuerdas con quién ibas. ¿Segura que ibas a la cafetería? ¿Con quién ibas? Eres bien olvidadiza, Lucía. Eres olvidadiza en la escuela más que en cualquier otro lugar. Las amigas te encaminaron a la cafe para comprar más papitas. Lucía, mejor detente y vuelve a la biblio. Lucía, ni dinero traes. Ellas ya hasta se despidieron, no te hagas pendeja. Bueno, sigue caminando, pues.

Ahí viene ese muchacho. ¿Te acuerdas de ese muchacho? ¿Te acuerdas de cuando le dijiste que te gustaba en la secundaria? …Oh, guau, güey, ¿cuánto tiempo lograste contener el aliento ahí? Sé que ya no te cae bien, pero, ¿para andarte aguantando el aliento con tal de no olerle su paso?

¿Eh, tampoco a ella? Ya ni tiempo te das para fijarte quienes son a los que te resistes oler. Y tus amigas ya lo notaron, si hasta tal vez por eso se fueron… Ya saben que estás bien pincha loca y te aguantas el aliento para no andar oliendo a nadie. ¿Por qué? A lo mejor porque quieres conservar algún olor viejo y…

Uy, y ahora sacas tu bolsa. Por supuesto, claro que está ahí el pinche guante. Con la tela azul ya rota, con hoyos y hasta con migajas de las papitas que tiraste el otro día.

Lo sacas sólo para pasarlo por tu nariz. Nunca falta ese breve pensamiento, ese que te dicta la mirada ajena, ese de “eh, güey, ¿te fijaste que la Lucía saca mucho ese guante?” Pues nadie te ve, Lucía. Puedes y DEBES sacarlo. Es el filtro universal e inquebrantable, es la adicción secundaria y benigna. Una olidita no le hace daño a nadie, sólo a tu reputación.

Ante ti, después de otros pasos sin rumbo, se alza un edificio de olores extraños. ¡Es la cafetería! Pasas por ahí nada más para oler. Y recordar. Te acuerdas de tantas cosas, Lucía. De demasiadas, diría yo. Hueles arroz frito y por un momento viajas con tus papás hacia Celaya, por otro se divorcian y por otro besas a Gaby en la lluvia. Ay, ¡qué romántica! ¿Te acuerdas? Aún me acuerdo lo que pensaste cuando te fuiste a acostar: que eras bien cool y que iban a durar para siempre. También me acuerdo de lo que pensaste cuando se mudó. Burradas y burritos, piensas. Pero además de burritos hay hamburguesas, hot dogs, enchiladas, club sándwich, empandas y gorditas. No, m’hija, usted no está gordita, ¿por qué te pones a relacionar pensamientos? Y ni me pongas a comentar tus ideas de cuando pasas enfrente del buffet. Puras pestilencias: de ellas no te alimentarás hoy. La encargada te mira con la esperanza de tu saludo único y casual, de esos que le das cada día cuando visitas este centro del odoramiento. Pero hoy no, ruca. Sorry, hoy anda de malas.

Sales y, anda, ahí vas de vuelta a la biblio. Caminas sobre esa tapa del drenaje otra vez. No mames, Lucía. ¡Sabes bien que esa cosa huele a baño húmedo y a mañanas tristes! Ay, no manches, ya se me pegó lo tuyo: ando diciendo burrada y media. Ya, ándale, camínale. Las puertas automáticas, el pasillo que no huele a nada ni a nadie. Whatever. Decides divertirte y viajar por el ascensor al segundo piso, anda, pucha el botón. Okay, no, al tercer pues… O tal vez no… ¿Al cuarto? Anda, al pinche cuarto piso. ¿Te acuerdas de cuando Gaby se quedó atrapada en el elevador? Ey, ey, pérate, deja que te mire el muchacho desde su oficina. Creo que es el que siempre se te queda viendo cuando vienes para acá. Ese que usa colonia como para viejito. Augh, okay. Bajas los peldaños, ni modo: pinche biblio con elevador retrasado.

Uy, ya te mareaste. Okay, a ver, detente ahí. No mires para la ventana, sólo quédate ahí. Anda, respira. Nada más caminas un poco y ya te andas muriendo. ¿Qué? ¿Ya se te calmó la tos? No, no, no. Se te va a caer todo si lo sacas.  ¿De qué te sirve un pinche guante cuando casi te ahogas? Lucía, que lástima me das…
… ¿Qué?
Bromeas.
¿Esperas que te crea?
No sé, Lucía. ¿Antes de entrar a la cafetería? Por distraída, anda, por eso. Por andar pensando en ella.
Lo tiraste porque querías. Entre el viento se perderán todos los olores que guardaste y que te protegían de los males de este alocado mundo. Mundo fétido en el que las agonías te visitan disfrazadas de sensaciones. Ese guante te protegía y cuando ella te lo regaló, te acuerdas bien, olía a su cuarto. Como si lo hubiera guardado por mucho tiempo en uno de sus cajones.

Oye, ¡pérame! ¡Lucía, te vas a caer! Ya te decía en la mañana que hoy apestaba a mal día. Y te lo seguiré diciendo hasta que ella te devuelva el otro guante. Uno que, a lo mejor (porque ella no está tan pendeja como tú), estará lavado y olerá a lavanda. Nunca a olvido ni a pesadillas. Para encontrar el pinche guante si corres, ¿verdad?

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